26
May
09

ASPIRANTE A YERNO

-Supongo que mi hija ya le habrá explicado lo que quiero.

-No mucho, don Gerardo, solo me ha dicho que me iba usted a hacer algo así como un test de idoneidad. Pero no se haga ilusiones, su hija me ha prometido que si a usted no le gusto, no va a impedir que sigamos juntos.

-Bueno, los dos sois mayores de edad. Pero mi hija sabe que siempre que he descalificado a un nuevo “amor de su vida”, ha terminado dándome la razón y agradeciéndome el consejo.

 

-¿Y qué quiere saber exactamente, don Gerardo?

-Básicamente me interesa comprobar si estaría usted dispuesto a entregarse en cuerpo y alma por amor a mi hija.

Por unos segundos la mirada azul de don Sergio parece extraviarse, su frente se humedece en sudor y sus labios carnosos y rojizos tiemblan temerosos. Al final acierta a titubear:

-Supongo que sí.

-¿Supone? No parece usted muy convencido, querido Sergio.

 

Sus pies están danzando inquietos como los de un boxeador acorralado. Las manos, no muy grandes, no encuentran punto del cuerpo donde apoyarse y descansar.

A pesar de que en la sala de música hay varias sillas y un par de sillones, don Gerardo no ha invitado a su aspirante a yerno a sentarse. El mismo don Gerardo se mantiene en pié caminando alrededor de su oponente,  marcando marcialmente su territorio.

 

Don Gerardo es un hombre de unos cincuenta y cinco años, con una gran corpulencia. Su rostro es hermoso,  ojos marrones, espeso bigote grisáceo, recia barbilla, y cráneo desnudo con una breve franja de cabellos al cero tras la nuca.

Va vestido con camisa blanca de manga larga, una ancha corbata gris y un pantalón azul oscuro de traje. La chaqueta, con la que recibió a su aspirante a yerno, la había colgado en una percha de la estancia, nada más entrar. Y lentamente pero con precisión se fue remangado ambas mangas casi hasta el hombro mostrando unos grandes y musculosos brazos cubiertos de recio y grisáceo vello.  Parece que quisiera retar a su contrincante a una desigual lucha de brazos.

Don Sergio traga saliva repetidas veces.

-Es que me pone usted nervioso, don Gerardo, no sé exactamente lo que quiere de mí.

Entonces don Gerardo se sitúa tras su espalda y le rodea el pecho con su musculoso y desnudo brazo derecho. Don Sergio dejó de bailar, su corazón late estruendosamente entre emocionado y expectante. Don Gerardo pasa los dedos índice y corazón de su mano izquierda por los húmedos y sonrosados labios, mientras le susurra al oído.

-Pues iré más al grano, don Sergio. Es usted un hombretón muy guapo, me gusta usted mucho. Reconozco que mi hija siempre sabe escoger bien sus parejas…

El corazón de don Sergio golpea tan fuerte que parece que fuera a salirse del pecho, don Gerardo siente cada latido en su antebrazo y se excita. Finalmente le espeta:

- ¿Estaría usted dispuesto a permitir que yo le abriera el culo?

Don Sergio no responde, don Gerardo suelta a su presa y se sitúa frente a él, cruzando los deslumbrantes brazos.

-¿Se ha quedado sin habla, guapetón? Espero su respuesta.

 

Don Sergio continúa en silencio, con la mandíbula temblorosa, el sudor brotando de sus sienes, los pies vuelven a moverse desesperadamente. Carraspea. Don Gerardo empieza a impacientarse.

-Compréndame don Sergio, si no está usted dispuesto a entregarse en cuerpo, ¿con qué criterios  puedo evaluar su disposición a entregarse “en alma”?

Don Gerardo mima las comillas elevando los dedos índices y corazón de sus dos grandes y peludas manos. En esa postura parece un portentoso orangután dispuesto a abalanzarse sobre su presa.

 

Don Sergio consigue casi balbucear.

-¿Se pondrá usted preservativo, don Gerardo?

Don Gerardo sonrió enigmáticamente y se acercó al joven marcando ostensiblemente el paso.

-Pero hijo mío, ¿por quién me toma usted? Yo soy un macho. No pienso meter mi cipote en su culete.

Ahora la mirada de incredulidad y de desorientación de don Sergio parece la de una persona que está soñando y cree que en cualquier momento va a despertar.

-Pero… ¿Entonces? …¿Cómo?

 

Don Gerardo extiende ante él su brazo derecho, con el puño cerrado, con los nudillos roza los labios babeantes de don Sergio. Recuerda de repente un dibujo de Danny titulado “Solid Strenght”, en que aparece un hombretón peludo como un oso, tensando  entre desafiante y orgulloso su inmenso brazo derecho con el puño cerrado. Don Sergio siente  miedo, inseguridad y a la vez un hormiguero de curiosidad.Solid Strength-Le voy a abrir el culo con este puño.

Tras unos segundos, don Sergio tartamudea:

-¿Y hasta donde me lo va a meter?

Don Gerardo rodea con su mano izquierda el puño derecho y la deslizó lenta, suave y morbosamente hacia el codo.

-Eso dependerá de su disposición, muchachote, en principio se la hincaré hasta el codo, pero si aguanta podría seguir hasta el hombro.

Y con la mano izquierda sigue  hasta el hombro.

 

-Don Gerardo, tiene usted unos brazos mucho más velludos y musculosos que los míos.

Don Gerardo se siente halagado con el comentario, cree entender que al muchacho le complace observar su musculatura.

-Ya lo había comprobado, encanto, y le aseguro que ese es un buen punto a su favor. Nunca aprobaría que a mi hija la follase un hombre más vigoroso y viril que yo.

 

Parece un tierno niño con miedo al preguntar:

-¿Me hará usted daño, don Gerardo?

-Eso es inevitable, hijo mío. La primera vez que le abren a uno el culo siempre duele mucho. Y como comprenderá, un machote como yo no va a usar esas gilipolleces que se anuncian para lubricar y dilatar el ojete. Yo le voy a meter el puño a pelo, como lo está viendo.

Aprovecha para tensar su bíceps y le acaricia la barbilla con los nudillos, mientras prosigue:

- Y como espero que usted lo esté deseando…Si acaso le echaré un par de salivajos antes de empezar y listo. Desde luego puede estar seguro de que doler, le va a doler.  Por eso hago siempre este tipo de test en la sala de música. Como habrá comprobado está insonorizada. Podrá quejarse a placer, pero por favor no me grite mucho. Y cuando esté realmente disfrutando, hágamelo saber también con dulces jadeos.

 

Don Sergio, sin poder articular palabra ante semejante demostración de virilidad, comienza a quitarse la ropa. Don Gerardo le observa cariñosamente, con una dulce sonrisa, apoyado en el mostrador del equipo de sonido.

Cuando termina el tímido strep- tease, don Sergió muestra un cuerpo bien formado. Realmente es un hombre guapo, de unos treinta años, un poco paliducho y con unos atributos de tamaño medio. Escaso vello en el centro del pecho y sobre sus cojones. Don Gerardo gira a su alrededor para comprobar que su culo también está libre de vello y blancuzco.

Le propina un buen par de sonoros azotes en cada nalga que hacen estremecerse a don Sergio. Acto seguido se agacha, y en cuclillas, toma una nalga con cada manaza y las separa dejando a la luz el ojete tierno y rojizo.

-Tiene usted un bonito y delicado culo, guapetón.

Tras deleitarse unos instantes, lo suelta y vuelve a colocarse marcialmente ante el joven, con los fantásticos brazos cruzados.

 

-¿Y bien? Sigo esperando su respuesta, don Sergio.

-Ya me he desnudado, don Gerardo.

-Si, claro, ya lo veo, y tiene usted un buen cuerpo y como le he comentado, me gusta bastante su culo. Pero quiero oír su voz, quiero que me lo pida. Ponga un poco de interés, muchachote.

Su voz sigue tartamudeando:

-Ábrame el culo, don Gerardo.

-No sea maleducado, hombre de dios, ¿Es que no le han enseñado cómo se piden las cosas?

Don Sergio parece sacar fuerzas de la debilidad y con voz más firme y casi enérgica:

-Por favor, don Gerardo, ábrame bien el culo con su inmenso brazo peludo y musculoso.

.

Esta locución sí que deja satisfecho a don Gerardo. Se quita la corbata, se quita la camisa mostrando un amplio pectoral tan peludo como una alfombra. Y le propina un cariñoso bofetón en el rostro mientras anuncia con voz de macho bravío:

-¡Buen chico!, Vamos a pasar una tarde de puta madre. Déme usted un beso para sellar el contrato y me pondré manos a la obra.


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